Si me muero, enterradme

A nadie se le escapa que nuestro tiempo aquí es un préstamo y que, tarde o temprano, nuestra vida será cobrada.
Lo normal es vivir nuestro día a día sin detenerse en esto porque la vida (afortunadamente) pone otras distracciones en el camino.
Tal es así, que con seguridad has pensado más veces en el día de tu boda (por poner un ejemplo) que en el de tu muerte, pero de los dos tan sólo uno es inevitable.

No es extraño: el avance de la ciencia y la medicina, nuestro instinto de conservación y el desconocimiento de si hay algo “más allá” nos empujan a no pensar mucho en la muerte, y concebirla como el final de nuestra existencia.
No quiero entrar aquí en debates teológicos sobre si es o no un final; pero es comprensible que despertarse cada mañana pensando en la muerte simplemente delataría graves trastornos mentales, así que tomaremos por normal el no pensar tan a menudo sobre el tema.

Tampoco es que puedas decidir mucho sobre tu muerte salvo que seas un suicida o alguien que desee que le practiquen la eutanasia (y podríamos debatir si en el fondo son o no la misma cosa).
Generalmente no puedes decidir ni cómo ni donde ni cuándo su frío dedo te llevará.
Sin ningún atisbo de capacidad de decisión sobre cómo la muerte en sí misma te afecta a ti, solo te queda decidir que quieres que hagan con tus restos una vez hayas abandonado este mundo.

Como alguien que siente una irrefrenable fascinación por el avance científico y tecnológico, poder donar mis restos a la ciencia es probablemente la primera opción a tener en cuenta. Atrás han quedado los tiempos en que los médicos debían saquear tumbas para poder estudiar la anatomía humana, sus enfermedades y su fisiología a partir de cadáveres obtenidos de forma moralmente reprochable; pero sin los que hoy no estaríamos donde estamos.
Debe ser que me hago viejo, que mi muerte no me supone un problema a mi, pero me gustaría que existiese un lugar dónde mis seres queridos pudiesen recordarme, como yo recuerdo a quienes ya he perdido. Un lugar al que puedas otorgar ese valor.

Entonces: ¿Por qué no incinerarme? La incineración te entrega los restos de una persona sin tener que lidiar con efectos secundarios de la muerte nada deseables como la putrefacción de la carne, ¿verdad? Además, puedes poner las cenizas en una urna y esto solventa el problema de la localización de tus restos.
La incineración parece una alternativa cómoda y viable que más adelante permite que tus familiares o amigos se despidan de ti esparciéndolas en algún solemne enclave durante un emotivo acto. Polvo somos y en polvo nos convertiremos.

Pero algo me ha hecho cambiar de opinión. O alguien. Y ni siquiera es alguien cercano, pero si una persona a la que admiro.
Interpelado sobre su destino tras abandonar esta vida, Neil DeGrasse Tyson respondió:
Me gustaría ser enterrado para que, como yo me he alimentado de ellas, la fauna y flora de este mundo puedan después alimentarse de mí.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .