La navaja

Nunca tuve en mi poder una navaja. Vaya usted a saber porqué a pesar de que desde pequeño siempre me han fascinado los personajes de las películas, libros y videojuegos de aventuras. Ese hombre (o esa mujer) resuelto, capaz de salir de cualquier apuro con una combinación de habilidad, conocimientos prácticos e ingenio. Podría mencionar a Indiana Jones, a Tintín, a Lara Croft… o a mis amigos. Personas cárnicas de cuerpo humano caliente.
Reconozco que son herramientas la mar de prácticas en mil y una situaciones; y cada vez que veía a alguien utilizarla, me venía el típico pensamiento “globo-chicle“. Una idea fugaz que surge en mi cabeza y que, tan pronto como aparece, explota y se va, desplazada por las cosas que realmente me ocupan, la conversación que estoy manteniendo, o una idea nueva con algo más de sustancia. ¿Por qué narices no tengo yo una también?

La navaja
El caso es que nunca tuve una pero hace algo más de un año, uno de mis mejores amigos se dejó una en mi casa y la enganché a mis llaves para recordar devolvérsela en cuanto tuviese ocasión.
Se trata de una Victorinox Classic SD en color azul, probablemente la navaja más común que existe y que podrías encontrar en casi cualquier parte.

Ésta en concreto, aunque pequeña, dispone de 7 herramientas básicas: tijeras, hoja de cuchillo, lima, destornillador, anilla, mondadientes y pinzas. No utilicé jamás el mondadientes por lo poco higiénico del asunto, pero las demás ya las he empleado todas.
Victorinox es sin duda la marca de navajas suizas por excelencia, tal y como puedes leer en la Wikipedia. Por eso no resulta difícil encontrarlas, incluso a través de Amazon. Otra marca bastante conocida y que me resulta familiar es Leatherman.

El día a día
Aquí van una lista hecha “al vuelo” de cosas mundanas que he llegado a hacer con la pequeña Victorinox:
– Abrir paquetes y cartas
– Cortar esos molestos pellejos de piel alrededor de las uñas
– Extraer astillas cuando me he clavado alguna
– Cortar y pelar cables, cuerdas y bridas
– Quitar las etiquetas a prendas de ropa nuevas
– Ayudarme de las pinzas para manipular tornillos muy pequeños
– Cortar fixo, cinta americana, aislante o de carrocero sin tener que recurrir a los dientes ni estropear más cantidad de la que iba a utilizar
– Abrir envases de comida rebeldes
– Pelar fruta
– Darle vueltas entre mis dedos (tengo las manos inquietas, pero cuidado con la hoja de corte)

El accidente
La situación donde tener la navaja fue determinante sucedió tal día como hoy el verano pasado. Volvíamos de una actuación y ya casi eran las siete de la mañana. En la furgoneta intentábamos no quedarnos dormidos volviendo desde A Cañiza hasta A Coruña; apenas había tráfico y todavía no habíamos pasado Santiago. A la altura más o menos de Padrón, nos encontramos un coche volcado unos pocos cientos de metros más adelante, tras una curva. Aquello nos despertó a todos de sobresalto.
Una mujer gateaba para salir por el hueco de la ventana de los asientos traseros, mientras un señor mayor hacía lo mismo desde la posición del conductor.
– ¡Os**as! ¡Frena! ¡Para ahí!
En apenas un par de segundos fuimos capaces de organizarnos: el conductor estaba llamando ya a los servicios de emergencias. Iba a poner triángulos y hacer señas a los otros vehículos que viniesen, para aminorar y tener precaución: cada vez que pasaba uno, minúsculos cristales y trozos de la carrocería del vehículo saltaban a una velocidad que los convertía en peligrosas cuchillas. El otro compañero, a ayudar al hombre; yo a la mujer. Todavía quedaba una señora en el asiento del copiloto, con el cinturón de seguridad aun puesto (gracias al cielo).
– ¡Emilio busca un cuchillo o un cúter en la furgo para cortar el cinturón!
La señora estaba sangrando por la cabeza y teníamos que sacarla de allí como fuese. Con la mujer sentada junto al quitamiedos, saqué la navaja de mi bolsillo y preparé la cuchilla. Ojalá pudiese cortar el cinturón. Por suerte, conseguimos cortarlo y sacar a aquella pobre señora.
Según el hombre relataba, no sabía lo que había pasado, podría haberse quedado dormido durante unas décimas de segundo. No dejaba de llorar, pedir perdón, clamar por que llegasen rápido las ambulancias e intentar que su mujer no perdiese el conocimiento. Estaban los tres desorientados, en shock. Les recuperamos sus pertenencias básicas. Había un par de teléfonos en el asfalto, llaves, una cartera, etc.
Con unas mantas, unas estructuras plegables de metal y unas espumas que llevábamos en la carga, pudimos hacer una especie de “tienda de campaña” improvisada donde refugiar a aquellas personas de la lluvia y calmarlas. Por suerte, las ambulancias y los bomberos llegaron rápidamente y nosotros continuamos nuestro camino más despiertos que nunca. Hoy en día (con el bonito recuerdo de haber podido ayudar a esta familia) nos reímos imaginando a los bomberos preguntándose al ver la situación: “¿Que rayos transportarán estos tres en esa furgoneta para haber montado este despliegue tan bizarro?” 😝

Otras Multi-herramientas
A raíz de todo lo que he utilizado la navaja desde que la tengo, me gustaría poder incluir también en mi mochila una Multi-tool (por ejemplo ésta, u otra similar). Además de las funciones de mi Victorinox, tienen muchos más usos. Como desventaja, son un poco más grandes y pesadas, con lo que no la utilizaría como llavero. Sin embargo, no está de más y no debería pesar en tu mochila o bandolera.

El regalo
Al volver a ver a mi amigo y contarle la historia con la intención de devolverle su navaja, directamente me dijo:
– Quédatela. Es útil y no tienes así que te la regalo. De todas maneras, yo necesito otra diferente.
Desde ese día, no me he separado nunca de ella. Aprendí la lección de que siempre hay que tener una navaja suiza a mano por lo que pueda pasar.

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