El inescrutable camino del monitor externo

Hace ya la friolera de diez años que decidí trabajar con una sola máquina. En aquel momento se trataba del Asus EeePC 901, un netbook con unas especificaciones nada fascinantes pero más que suficientes para usarlo cómodamente para mi trabajo diario, sobretodo cuando lo acompañé de algunos periféricos. Incluso cuando me actualicé al Asus EeePC 1215N, conseguí seguir trabajando de forma ágil gracias a un buen monitor, y un teclado y ratón inalámbricos.


Pero…
Al despedirme del netbook y cambiar a mi actual MacBook Pro con pantalla Retina, retiré el monitor de la mesa por dos motivos: la altísima densidad de píxeles de la pantalla del portátil (es decir, lo que Apple denomina “Retina”) y esa pulgada de más frente al 1215N, con la que el escritorio se me hacía bastante más espacioso. Cuando esto no era suficiente todavía me quedaba la posibilidad de utilizar resoluciones más altas (incluso las no soportadas por defecto en el sistema) y los escritorios múltiples.
Además, hay un pequeño inconveniente a la hora de usar MacOS con un monitor externo: si estás tirando de batería, no puedes evitar que el ordenador entre en reposo al cerrar la tapa. Lo cual es un fastidio porque tener el ordenador siempre enchufado a la corriente acaba por viciar y reducir la vida útil de la batería, lo mires como lo mires. De nada sirven las aplicaciones tipo Caffeine/Amphetamine para sortear este problema.

¿Adónde quiero ir a parar?
Bueno, no creo que sea casual que ahora que he vuelto a necesitar más espacio de trabajo, haya desempolvado el monitor externo. Sí, el mismo Acer P241W. Ya no tengo el Wireless Keyboard ni el Magic Mouse (y no pienso comprarlos de nuevo), así que estoy utilizando el viejo teclado extendido con cable de Apple y el ratón Tacens Mars Gaming MM0. El resto de periféricos alrededor del MacBook son también viejos conocidos de este blog: los altavoces, el dock para discos duros, una vieja impresora, un grabador de DVD externo…


La importancia del calibrado
Lo primero que pensé fue… ¡Dios! ¡Esto hay que calibrarlo! Recordaba que el monitor daba unos colores bastante aguados, pero es increíble lo mucho que hemos avanzado, no solo en resolución, sino en calidad de color, precisión, luminosidad, contraste… Lógicamente tomé la pantalla del MacBook como referencia y ajusté “a ojo” los colores, el contraste y el brillo para, al menos, sentirme un poco menos decepcionado. Y aunque lógicamente no ha quedado perfecto (en parte porque el panel TFT es el que es, y en parte porque no soy ningún experto), he conseguido unos colores bastante más razonables.
Los valores que estoy empleando pueden servir como referencia para futuros calibrados o incluso para alguien que tenga una pantalla como la mía (aunque me imagino que habrá diferencias en la calidad del panel incluso tratándose del mismo modelo). Básicamente:
- Contraste: 90%
- Brillo: 100%
- Rojo: 74%
- Verde: 72%
- Azul: 86%

Sensaciones
Volver a sentarme frente a un panel tan grande me trajo muy buenos recuerdos. Navegar vuelve a ser una experiencia muy inmersiva y los videos de Youtube siguen luciendo de maravilla. No quiero ni imaginarme si estuviésemos hablando de un monitor 5K como los que Apple vende para el nuevo MacBook Pro, o el interesantísimo LG 4K de 27 pulgadas al que @ipliomr está acechando.
La palabra que lo resume todo es comodidad. Comodidad cuando reproduces contenidos, o cuando simplemente puedes estar leyendo sin encorvarte sobre el portátil, o cuando tienes muchas más herramientas a la vista en la ventana de Office, Final Cut, etc. Hasta cierto punto es como volver a estrenar ordenador porque la experiencia es totalmente diferente a utilizar la pantalla integrada.

Entonces… ¿Porqué no un sobremesa?
Cabe preguntarse entonces porqué no volver al tradicional ordenador de escritorio, y aquí es donde tengo el corazón dividido.
Un sobremesa siempre te permite ir más allá en potencia y capacidad, además de estar menos expuesto a robos, caídas, pérdidas, etc.
Y si te ves obligado a saltar entre varios dispositivos, la nube te lo facilita con una gran flexibilidad. Apple pone además Handoff y Continuity a nuestra disposición, haciendo ese salto entre equipos aún más transparente, rápido y coherente. Incluso disfrutamos ya de Universal Clipboard, que es algo superpráctico.
El problema es que sigo convencido de que lo mejor es trabajar con una única máquina donde tengas centralizado todo tu trabajo y tu vida digital. En mi caso esa máquina es el portátil y no va a dejar de serlo debido a mi trabajo y a todas las cosas que hago en movilidad.
De hecho, actualmente mi único motivo para volver al PC en su sentido más clásico es poder montar una máquina dedicada a juegos y como repositorio de mi biblioteca de música, que en el portátil está ya agotando los últimos gigabytes de mi SSD.

La alternativa más sofisticada
Queda una opción algo rebuscada pero que permite seguir con todo centralizado y disponiendo de más potencia.
Empezamos montando un PC con hardware compatible con MacOS, es decir, un hackintosh. Instalamos Windows 10 y todos los juegos que queramos, y luego un Bootloader como Clover, por ejemplo.
Para jugar, bastaría con iniciar Windows 10 y listo, desde ahí es un paseo.
Pero ese bootloader y un cable Thunderbolt 2 enchufado al MacBook te dan una opción extra.
Encendiendo el Mac en modo disco de destino (pulsando la tecla T en el arranque) y utilizando su disco como disco de arranque del Hackintosh, tendrías una instalación de MacOS corriendo sobre el hardware que hayas montado, aun conservando todos los datos dentro del portátil, sin pasar por el aro de ninguna nube ni sincronización.
Es una alternativa muy sofisticada que no evita algún inconveniente (por ejemplo, la alimentación del ordenador portátil) pero permite que utilices tus flujos de trabajo habituales con la comodidad y la potencia del sobremesa, además darte acceso a ambos discos de forma simultánea.
No he probado esta solución (aunque espero poder hacerlo pronto) pero no veo ningún inconveniente que impida realizarla. Como se suele decir: seguiremos informando.

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